La crisis hídrica en Chile ha evolucionado más allá de simplemente la escasez de agua; se ha convertido en un grave problema de calidad del recurso hídrico. Según el Dr. Juan Pablo Fuentes Silva, docente del Departamento de Ciencias Básicas de la Facultad de Ciencias de la Universidad Santo Tomás Puerto Montt, la discusión sobre el agua no solo gira en torno a la cantidad disponible, sino también a las condiciones bajo las cuales se presenta. Deterioros en la calidad del agua representan un desafío significativo no solo para el consumo humano, sino también para la producción de alimentos y el mantenimiento de los ecosistemas, lo que resalta la necesidad de abordar la crisis hídrica desde una perspectiva más integral.
En el contexto chileno, diversas interacciones entre estrés climático, intensa presión productiva y mala gestión del agua han deteriorado considerablemente la calidad del recurso. Se han detectado altos niveles de compuestos nitrogenados y fosforados en los cuerpos de agua, resultado de prácticas agrícolas destructivas, así como la presencia de metales pesados vinculados a actividades industriales y mineras. Este fenómeno se agrava en zonas con estrés hídrico, donde la salinidad ha incrementado, haciendo que el agua no solo sea escasa, sino también inadecuada para el uso humano y agrícola.
La contaminación de las aguas subterráneas es un aspecto alarmante que afecta directamente la calidad del agua disponible. La infiltración de contaminantes como nitratos, arsénico y sulfatos genera un impacto profundo en los acuíferos, donde estos elementos pueden permanecer durante largos períodos debido a la baja renovación de estos cuerpos de agua. Esta situación limita gravemente el acceso a agua apta para el consumo y agrava la crisis hídrica, convirtiéndola en un problema de salud pública y en un obstáculo para el desarrollo sostenible.
Además de los contaminantes tradicionales, Chile enfrenta el creciente desafío de los llamados contaminantes emergentes. Fármacos, productos de cuidado personal, microplásticos y compuestos perfluorados están ganando un reconocimiento alarmante por sus efectos adversos en los ecosistemas y en la salud humana, aun en concentraciones muy bajas. Desgraciadamente, los sistemas de tratamiento de agua convencionales no están diseñados para eliminar eficazmente estas sustancias, lo que amplifica la crisis y desafía a los responsables de la gestión del agua a buscar soluciones más efectivas.
En conclusión, la crisis hídrica en Chile es un problema multifacético que requiere un enfoque más amplio en el tratamiento y gestión del agua. Desde la calidad del recurso hasta la evidencia de contaminantes emergentes, la situación necesita investigaciones exhaustivas para evaluar la efectividad de los sistemas de tratamiento actuales y para implementar métodos más avanzados. Solo así será posible asegurar un acceso equitativo a agua potable, salvaguardar la salud pública y adaptarse a los cambios climáticos, garantizando así la funcionalidad de los sistemas hídricos en el futuro.





