Gabriela Vargas Orellana ha decidido desafiar las convicciones tradicionales del oficio de la escultura al convertirse en una de las pocas mujeres autodidactas en el campo de la escultura de gran formato en la Región del Biobío. A raíz de su trayectoria, las barreras de género se han visto modificadas, ya que ella hace uso de herramientas que históricamente han sido dominadas por hombres, como la motosierra. Con una pasión que la acompaña desde la infancia y un inquebrantable deseo de crear, Gabriela ha logrado celebrar su conexión con la madera, un material por el cual ha desarrollado un vínculo especial desde su llegada al sur. Su historia no solo resalta su talento, sino también la importancia de la perseverancia y la resiliencia en un mundo laboral predominantemente masculino.
El entorno rural de Quilaco ha jugado un papel fundamental en el desarrollo artístico de Gabriela. Desde su llegada, ha encontrado en la naturaleza la materia prima que da vida a sus esculturas y ha tomado este desafío como una oportunidad para crecer tanto profesional como personalmente. «Emprender desde un lugar alejado, sin redes cercanas, es un desafío enorme», comentó, refiriéndose a las dificultades que ha enfrentado al iniciar su carrera artística. A pesar de los obstáculos que conlleva crear en una localidad que carece de recursos y medios, su empuje y dedicación han transformado su taller en un núcleo de creatividad que busca mostrar el arte de una manera inclusiva y personal.
La conciliación entre su vida familiar y su carrera artística es otro de los aspectos que marcan la vida de Gabriela. Su taller no solo simboliza el desarrollo de su obra, sino también su deseo de estar cerca de sus hijos mientras trabaja. «Mi sueño siempre ha sido trabajar desde mi casa, estar con ellos, no perderme su crecimiento. Eso es lo que me mueve tanto como el arte», expresa con orgullo. Este enfoque en la familia y el compromiso con su proyecto artístico han creado una sinergia que impulsa su creatividad y le permite encontrar inspiración en el día a día.
Gabriela ha sabido reinventarse y ha aprendido a compartir su visión personal y profesional a través de su participación en el Centro de Emprendimiento Colbún (CEC). Esta experiencia ha sido clave para fortalecer su rol como artista y emprendedora, brindándole herramientas y apoyo en un sector desafiante. La directora del CEC, Vanessa Verdugo, describe a Gabriela como un símbolo de perseverancia, indicando que su trabajo no solo desafía las normas establecidas en la escultura, sino que también destaca el potencial de las mujeres en ámbitos laborales dominados por hombres.
Actualmente, mediante su proyecto «Ancestral 86», Gabriela no solo se propone crear nuevas esculturas, sino que también busca establecer un vínculo cercano con la comunidad a través del arte. Ella se distancia de la producción masiva y se enfoca en desarrollar piezas únicas que cuenten historias y ofrezcan experiencias significativas. La artista comparte su deseo de que su trabajo tenga un impacto en quienes lo aprecien, marcando una diferencia a través de su perspectiva única y su dedicación incansable. «Quiero que mi trabajo marque una diferencia. No busco hacer muchas cosas iguales, quiero hacer obras únicas, con identidad, con historia», concluye con determinación.




