Cada 8 de mayo se erige como un recordatorio global del Día Mundial del Cáncer de Ovario, un esfuerzo colectivo cuyo objetivo es arrojar luz sobre una de las neoplasias ginecológicas más desafiantes y mortales que enfrenta la mujer contemporánea. A diferencia de otras formas de cáncer, el cáncer de ovario desarrolla su intrincado proceso casi en silencio, sin manifestar síntomas específicos en sus etapas tempranas. Esta característica silenciosa ha provocado que se informe de manera tardía, contribuyendo a que cada año, según GLOBOCAN 2022, se registren cerca de 313 mil nuevos casos a nivel mundial, junto a más de 207 mil muertes. En Chile, las cifras son alarmantes, con estimaciones que rondan entre los 800 y 900 nuevos casos anuales y una tasa de mortalidad que supera el 60%. Sin duda, se posiciona como una de las principales causas de muerte por cáncer entre las mujeres en el país.
Uno de los principales obstáculos en la lucha contra el cáncer de ovario radica en la falta de métodos de tamizaje eficaces para la población en general. A diferencia del cáncer cervicouterino o de mama, donde existen exámenes preventivos que pueden reducir significativamente la mortalidad, este tipo de cáncer carece de un examen de detección que funcione de manera efectiva en mujeres asintomáticas. Esta realidad subraya la importancia de fomentar la sospecha clínica y la educación en salud como herramientas esenciales para enfrentar esta neoplasia. Hacer conscientes a las mujeres sobre los riesgos y síntomas asociados puede ser el primer paso hacia una detección más temprana y, por ende, un tratamiento eficaz.
Aunque los síntomas del cáncer de ovario pueden parecer inespecíficos, es crucial que no se pasen por alto. Signos como distensión abdominal persistente, dolor pélvico, sensación de saciedad precoz, y cambios en los patrones urinarios o intestinales pueden ser indicadores importantes. Cuando estas manifestaciones ocurren de manera frecuente y sostenida, se convierten en una razón válida para buscar atención médica. Por lo tanto, es fundamental acelerar la consulta médica ante la presencia de estos síntomas, que si bien no son definitivos, pueden señalar la necesidad de evaluar más a fondo la salud reproductiva de la mujer.
En este complejo escenario, la figura de matronas y matrones cobra especial relevancia. Son muchas veces el primer contacto que tienen las mujeres con el sistema de salud, lo que les otorga un papel crucial en la detección temprana del cáncer de ovario. Su labor no se limita a identificar señales de alerta; también incluyen la educación sobre el propio cuerpo, la orientación adecuada y el acompañamiento durante los procesos de atención. Establecer esta conexión puede ser decisivo para la detección de síntomas que, aunque sutiles, pueden tener un alto impacto en el pronóstico de la enfermedad.
Es imperativo visibilizar el cáncer de ovario; solo a través de la educación continua, la búsqueda activa de atención médica y el fortalecimiento del rol de equipos de salud será posible avanzar hacia un diagnóstico más precoz. Cada esfuerzo en este sentido puede traducirse en una mejora significativa en el pronóstico y la vida de aquellas mujeres que se enfrentan a este enfermedad silenciosa. Comenzar desde la atención primaria, concientizar y empoderar a las mujeres es un paso vital hacia la reducción de la mortalidad asociada a esta neoplasia, y una necesidad que no se puede ni debe ignorar.




