En el contexto actual de América Latina, la situación política en Cuba y su comparación con otras dictaduras de la región han generado un intenso debate que trasciende ideologías. Felipe Vergara, director de Postgrado en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello, subraya que negar la existencia de la dictadura en Cuba no la anula. Argumenta que cambiar el nombre o justificar el régimen con base en supuestos logros solo oculta una realidad innegable: la concentración del poder, la represión a la disidencia y la restricción de las libertades fundamentales. En esta línea, Vergara recuerda que la dictadura chilena también es parte de una historia dolorosa que no debe ser olvidada ni relativizada por el contexto ideológico.
La situación en Cuba es parte de una tendencia más amplia en América Latina, donde países como Nicaragua y Venezuela han caído también en autoritarismos explícitos. En Nicaragua, el gobierno ha iniciado una brutal persecución política, el cierre de medios de comunicación y la eliminación de la competencia electoral. Por su parte, Venezuela ha visto un debilitamiento sistemático de sus instituciones democráticas, un poder judicial cooptado y una oposición criminalizada. Vergara hace hincapié en que, en estos contextos, la soberanía popular es más un concepto formal que una realidad tangible, lo que resalta la gravedad de la crisis democrática en la región.
A su vez, el fenómeno de la erosión democrática no se limita a América Latina. En Europa, el caso de Hungría sirve como un ejemplo paradigmático de lo que algunos describen como un régimen «iliberal». Aquí, el deterioro del Estado de derecho, la captura de medios de comunicación y la subordinación de la justicia han llevado a una situación donde las elecciones persisten, pero la competencia y la libertad política se han visto drásticamente debilitadas. Vergara invita a reflexionar sobre cómo estas tendencias no solo afectan a países lejanos, sino que tienen repercusiones en el panorama global, involucrando a democracias que, a simple vista, podrían parecer saludables.
El debate en torno a la aceptación de dictaduras se complica cuando se introduce el concepto de «dictaduras buenas» o «dictaduras malas». Vergara argumenta que este razonamiento es peligrosamente engañoso y establece una distinción que no debería existir. La discusión debería centrarse en la defensa incondicional de los derechos humanos y la democracia, independientemente de las justificaciones ideológicas que puedan presentar los regímenes autocráticos. De esta manera, se sostiene que minimizar las violaciones a los derechos humanos bajo ciertas dictaduras, mientras se condenan otras, socava la integridad del discurso democrático y la lucha en favor de las libertades fundamentales.
Finalmente, Vergara destaca la importancia de un compromiso ético en el reconocimiento de todos los regímenes autoritarios. Decir la verdad sobre las dictaduras, sin adornos ni justificaciones, es esencial para la defensa de los valores democráticos. No hay dictaduras que merezcan ser aceptadas o defendidas; todas deben ser denunciadas y rechazadas de manera coherente y contundente. En un mundo donde los derechos humanos son constantemente negociados, es crucial que la comunidad internacional adopte una postura clara y unida contra cualquier forma de autoritarismo, reafirmando que la democracia y los derechos humanos son principios innegociables que deben ser defendidos sin sesgos.




